En el arte y en la literatura se ha hablado mucho sobre la ruptura amorosa de pareja, sobre el desconsuelo que esto provoca y sobre esa desazón que nos acompaña cuando sufrimos un desengaño amoroso. Sin embargo, pocas veces nos adentramos en el dolor que provoca la ruptura de una amistad, y es precisamente en este terreno pantanoso donde se ha adentrado Raquel Congosto en su primera novela, recientemente publicada: Amiga mía.
En la portada del libro ya nos anticipan sobre qué trata el mismo: "Han pasado seis años y yo aún vivo donde vivíamos. En la misma casa. Conocí a Pablo y tuvimos a Matilda. Ahora los tres dormimos en el que fue tu dormitorio, el de las pelusas".
Y, efectivamente, la trama de la obra habla sobre Celia y Marina, dos amigas que conviven en el mismo piso, y que trabajan juntas. Marina duerme en una habitación en la que, bajo la cama revolotean pelusas que parecen gatos. Y... ¿por qué será lo de las pelusas?, ¿será por la luz?
Juntas diseñan proyectos de arquitectura urbana, ven series y las comentan, se recomiendan libros, cocinan, salen a pasear, se tragan programas de telebasura -e incluso asisten al plató para verlo en directo-, juntas se consuelan por las muertes de sus madres, porque ambas han sufrido esa pérdida, esa que separa al mundo en dos tipos de personas: las que tienen madre y las que no. Es tanto lo que comparten, reflexiones, tardes, sueños, dolor... que cuando Celia decide romper ese proyecto vital, esa relación, Marina no puede soportarlo. Y así es como gesta esta obra, en la que intercala fragmentos de su vida actual, con su pareja Pablo, su hija Matilda (que comparte reflexiones fantásticas, que enternecen al lector) con extractos de la vida en común que compartió con Celia, y pequeñas reflexiones dirigidas a esta, que nos muestra a través de un cambio en la tipología de letra.
La historia está contada en tercera persona, dejando sentir el latido de esos años de amistad: discusiones sobre la forma en la que debería colocarse el papel higiénico en el WC, conversaciones en el piso, mientras Marina está haciendo caca con la puerta abierta; películas que les han marcado, como El Rey León o Cadena Perpetua, que hablan sobre la importancia de la amistad, e incluso los momentos más angustiosos que han pasado trabajando como autónomas, rellenando documentos, sufriendo con la burocracia para conseguir vivir de estos proyectos; o la depresión por la que ha pasado Marina."Cuando una está muerta debe tener mucho tiempo para pensar en sus cosas (...) cuando te vayas a morir voy a pedir que estemos juntas, y así nos tumbarán en la misma camilla. Pero tendremos que estar con los ojos cerrados".
La combinación de estas tres historias, que son una en realidad, están perfectamente trenzadas para que la lectora se sienta compañera, amiga de Celia, viva con ella esos momentos de forma tan pausada y cercana, y también sienta la aflicción, la herida que aún no se ha cerrado, después de ese email que acaba con todo, y que cierra cualquier atisbo de esperanza: "lo he pensado mucho y no puedo seguir con esto".
Raquel Congosto nos cuenta, de una manera tierna y, a la vez agridulce, todo aquello que nos puede traer la amistad, y la falta de esta.

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