jueves, 26 de noviembre de 2009

LA CONJURA DE LOS NECIOS de John Kennedy Toole


Se trata de una novela de humor, de incoherencia, que llega a rozar el absurdo. Su protagonista, Ignatius J. Reilly, es un personaje a quien han llegado a catalogar como "una mezcla entre Oliver Hardy delirante, Don Quijote adiposo y santo Tomás de Aquino perverso". Es un chico de treinta y tantos que pasa los días metido en su cuarto, escribiendo apuntes y notas, y expulsando gases, por lo que la habitación emana un olor bastante desagradable. La madre de Ignatius está muy preocupada por él, ya que no trabaja y tan sólo pasa su tiempo escibiendo, esperando que algún día "descubran al genio que emplea su tiempo tumbado sobre esa cama, y aprendan a valorar sus reflexiones". Una deuda familiar obligará a Ignatius a buscar empleo, y éste pasará por la fábrila Levy Pants y posterioremente ejercerá de repartidor de salchichas.

A esta trama hay que sumar los diálogos entre madre e hijo, siempre cargados de ironía y crítica a todo cuanto les rodea en Lousiana, acontecimientos en el prostíbulo "Noche de Alegría", las cartas entre Ignatius y su amiga Myrna, quien continuamente emplea recursos del psicoanálisis para describir a Ignatius y criticar lo que hace para que cambie de actitud, como en este fragmento: "Como has bloqueado durante tanto tiempo las vías de desahogo sexual normales, ahora la sexualidad desborda y se desvía por el canal impropio. Desde la fantasía, que fue el principio de todo, has estado pasando un período de crisis que culmina en esta aberración sexual directa", en referencia a una idea de Ignatius de reclutar homosexuales para hacer sexo en política.

La historia transcurre en Lousiana, de donde era el autor, y se plasma el tipo de lenguaje sureño, claramente reflejado en una figura, la de un negro que trabaja en el prostíbulo y protesta continuamente por su situación de esclavitud, ahora reducida a una jornada de ocho horas, malpagadas y en condiciones abusivas.

Para concluir, señalar que el autor John Kennedy Tool se suicidó a temprana edad, y fue su madre quien, tras leer su novela, se la llevó al escritor Walker Percy para que la publicara. Por esta obra recibiría el Premio Pulitzer de manera póstuma.

En su honor, finalizo esta breve crítica diciendo "Paz a los hombres de buena voluntad".

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