El próximo domingo, día 24 de mayo, el MCEP de León hablará sobre este libro de Francesco Tonucci, un pensador y psicopedagogo italiano, más conocido por su faceta de ilustrador de cómics, que firma con el pseudónimo Frato.
Se trata de un breve ensayo, publicado en 2019, en el que Tonucci parte de una frase que dijo su hijo cuando tenía tres años, "he descubrido", que le hizo reflexionar sobre la necesidad que los niños tienen de aprender, cómo todo ser humano desea conocer y tener éxito en la escuela, pero que el enfoque que le estamos dando a los estudios no es el más adecuado, ya que estamos dejando a gran parte de los/as niños/as atrás, que no solo no tienen interés por los estudios, sino que llegan a odiar todo lo que aprenden en la escuela y lo que esta representa.
Este libro te hace reflexionar sobre los espacios que conforman nuestras escuelas (aulas todas iguales, en las que entran y salen maestras y maestros, ante la mirada impertérrita de los/as niños/as, que permanecen impasibles en sus pupitres, y el que no lo hace acaba resultando incómodo, y condenado al fracaso escolar); la necesidad de valorar las diferencias y puntos fuertes de cada niño y niña, para encontrar aquello en lo que destaca para, una vez renocerle esa valía, comprobar cómo va a destacar mucho más en el resto de materias (como ejemplifica con el caso de una chica gimnasta) o la necesidad de tener en cuenta la opinión de los infantes, para empezar a modelar la sociedad teniendo en cuenta la mirada de todos, no solo de las personas adultas. Me ha llamado especialmente la atención la crítica al modelo de ciudad actual, en el que el coche tiene un papel fundamental, y nunca se piensan en lugares "jugables", donde los/as niños/as puedan esconderse, investigar o buscar aventuras. De hecho, los parques están diseñados desde un punto de vista adultocéntrico: son espacios llanos, con vallas que los rodean (para evitar peligros y, por tanto, que las personas adultas estén tranquilas al mantener a sus criaturas allí dentro) y con bancos orientados al parque, para no perder ojo de los/as chiquillos/as (algo que, en boca de algunos/as niños/as, les impide disfrutar del juego si están continuamente siendo observados por sus familiares).
Aunque pueda parecer que lo que estoy afirmando ya es conocido, Tonucci es capaz de plantear unas ideas muy razonables y lógicas de una manera sintética, sencilla y directa; nos hace mirar de otra manera la infancia, desear el cumplimiento de los Derechos del niño, publicados en 1959, que constituye una Convención imprescindible para los estados, y que sin embargo se observa como un documento más, sin que interese verdaderamente su cumplimiento, y nos invita a mirar a los niños y a las niñas en el presente, reconociendo lo que piensan y desean en el momento, no siempre a través de los proyectos que deseamos para ellos en un futuro (con esa pregunta tan manida de: "¿qué te gustaría ser de mayor?") sino preocupándonos por aquellos que quieren hacer, y de hecho, hacen, en el momento en el que los estamos educando, bien en la escuela, en casa, o en el barrio.
Y, para concluir el libro, nos ofrece algunas de sus ilustraciones más icónicas, en las que nos invita a trasladar esas peticiones de los niños a nuestro mundo de adultos, lo que ayudaría mucho a cambiar, realmente, nuestra sociedad:


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