Reconozco que me costó entrar en esta novela. De hecho, la comencé hace un par de años, y quedó abandonada en una estantería, a medio leer. Sin embargo, me animaron a retomarla, y en esta ocasión he podido apreciar esta narrativa tan joven, fresca e inesperada, cargada de términos canarios (un fisquito namás, enchopado, calufa, fechillo...) que te acercan a la realidad de dos niñas preadolescentes de un pueblo del norte de Tenerife.
La novela cuenta la historia de una jovencita de diez años, a la que nunca llamarán por su nombre (solo escucharemos el "shit" con el que su amiga se refiera a ella) y su relación con Isora. Isora es huérfana, su familia regenta la tienda de la esquina, y representa el liderazgo, el atrevimiento, la simpatía que "shit" no tiene, y junto a ella vivirá sus primeros aprendizajes sexuales, tardes de juegos con barbis (a las que llenan de tierra, tiran a los charcos o se las restriegan por los "pepes") y con la que se da una relación un tanto tóxica, que combina la admiración, la obediencia y el deseo. El título de la obra hace referencia a un fenómeno meteorológico característico de las islas Canarias, que consiste en una densa capa de nubes que cubre el cielo. Este título simboliza la opresión, la falta de esperanza que envuelve a los personajes; la madre de la protagonista trabaja limpiando habitaciones en hoteles de lujo de alrededor, por lo que esta convive con su abuela, y nos cuenta cómo pasa todas las tardes estivales junto a su amiga, quien ya tiene el periodo, y tiene vello en su pepe (aunque se lo afeite).
Como dice la propia autora: "Para mí la panza de burro es ese cielo gris, esa imagen de cómo se sienten las niñas al cruzar una edad en la que comienza a venirnos la regla —o a no venirnos, o a venir demasiado tarde—, en la que te culpas por no haber besado a ningún chico, en la que contemplas cómo te crecen pelos en las piernas y sientes deseos de quitártelos. Toda esa sensación opresiva de ir constantemente a destiempo era, para mí, la panza de burro. Con el paso del tiempo he entendido que todas esas nubes han construido la identidad de muchas personas de mi entorno, incluso la mía. En la novela quise llevarlo todo al límite, creando un universo en el que nunca hiciera sol. En el que todo fuese continuamente una panza de burro".
A la protagonista y a Isora les une la soledad; Isora es huérfana, y la protagonista nunca está con sus padres, porque estos trabajan todo el día, por lo que es su abuela quien la educa, y este hecho se plasma en el libro con claridad, al igual que la imprenta de la vida del barrio, de la cultura popular; las dos pequeñas ven "Pasión de Gavilanes" cada tarde o "El diario de Patricia" junto a su abuela, o comen coditos fritos o un mojo picón aguado. Además, el lenguaje oral se refleja en la literatura fielmente, y Andrea Abreu nos deja ver las expresiones regionales, que denotan tanto el lugar geográfico en el que se encuentran como la clase social a la que pertenece la protagonista, cuando nos habla de la "tualla" el "jómer de los sinson" o los "guiris jediondos", a los de que describe a mundo, comparando su verano tedioso frente a veraneo de los turistas que la rodean. Estas niñas apenas pisan la playa, aunque tendamos a pensar que todos los canarios puedan disfrutar de ellas.
Lo más llamativo de la novela es la capacidad de la autora para hacernos ver desde la mirada de una niña que está perdiendo su inocencia, y lo hace de forma brusca, llevada por la fascinación que siente hacia su vecina Isora, quien "lo hace todo mejor que ella siempre", y que le llevará a hacer cosas con las que "shit" no se siente cómoda. En la trama se nos habla de las relaciones entre "mejores amigas" en las que se dan relaciones desiguales, dominación, así como la llegada de Internet en la vida de las niñas, el mésinye (que usarán mientras asisten a clases de informática en el centro cultural del barrio) o sus restriegos contra las sillas.
Una novela innovadora, auténtica y muy veraz, que retrata a la perfección el paso de la infancia a la pubertad de una joven en un ambiente desagradable y desesperanzador. La portada (una foto de Alessandra Sanguinetti en la que aparece un joven con una pistola de juguete bajo su gaznate, junto a una mujer con botas llenas de barro) refleja estupendamente el estilo de la obra.
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