
Mi planta de naranja-lima o, en su título en portugués, O meu pé de laranja-lima, es una de las novelas del escritor brasileño Jose Mauro de Vasconcelos. Escrita en 1968 encabezó la lista de best-sellers y fue editada once veces ese mismo año.
La historia habla de un niño de cinco años, Zezé, dotado de una gran inteligencia y picardía quien, un día, descubre el dolor y se hace adulto precozmente. Como señala el traductor Maydee M. Jofre Barroso en el prólogo de la novela "Esta obra ha sido valorada por el público y por la crítica (...) Puede que sea por el olor a naturaleza que se agita en sus páginas, como una de esas culebras con las que muchas veces debió de luchar durante sus aventuras en la selva. O puede que sea por ese lirismo que en algunas ocasiones viste sus temas; por la simplicidad de las formas literarias adoptadas ; la presencia del paisaje lujuriante que, de pronto, estalla con toda la gama de sus colores y de sus olores o de sus ruidos; o por su intención de llegar fácilmente y con toda su carga emotiva al corazón del lector".
Realmente la trama, cargada de lirismo, atrapa al lector -debo confesar que se me han escapado las lágrimas durante mi lectura-. Zezé, a pesar de su edad, es capaz de entender todo lo que le rodea: el sufrimiento de su padre al no encontrar trabajo, el cansancio de su madre, que pasa el día entero trabajando en una fábrica, el vacío del jarrón de su maestra, a quien nunca nadie regala una flor, etc. Zezé posee una enorme imaginación, y todo lo que va viviendo se lo cuenta a Minguito, su planta de naranja-lima.Conoce a Portuga, su verdadero "aliado" y al que convertirá, de forma simbólica, en su padre. La vida para Zezé no es sencilla; le gusta mucho hacer travesuras, el niño-demonio que de vez en cuando aparece en su interior le invita a meterse en líos, por lo que sufre reiteradas palizas de sus familiares. Zezé necesita a alguien "por quien comportarse bien", alguien que le demuestre que él es importante, pero cuando lo encuentra por fin, parece que el mundo, una vez más, le da la espalda...
La obra concluye con una "confesión final" en la que en primera persona el autor -no sabemos si de forma ficcional o realista-, a sus cuarenta y ocho años, agradece a Portuga haberle enseñado la ternura de la vida, palabra que, una vez que aprendió Zezé no dejó de utilizar porque "la vida sin ternura no vale gran cosa"